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del blanco y nego al color

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Por Santiago Mutis

Tengo varios motivos para vivir agradecido de Nereo:

Primero, siempre ha sido él mismo, es decir, ha sido honesto y directo en su trabajo:

Segundo, siempre ha tenido algo qué decir, y ha sabido hacerlo con nitidez.

Y tercero, me ha hecho conocer y querer a Colombia, dolorida y vital, riquísima y humilde, maltratada y humana, amigable y terrible.

Rechaza esteticismos y rebuscamientos (la fotografía también puede caer en el vacío y en la retórica), ver con simpatía, con auténtico interés y con fraternidad, y haber dedicado su trabajo a Colombia y su gente son virtudes con las que Nereo ha rescatado para nosotros, sus espectadores, todo un país, desdibujado en nuestra endeble y volátil memoria.

La fragilidad de conciencia histórica es uno de nuestros más lamentables rasgos de inmadurez, contra el cual Nereo ha trabajado, tal vez sin proponérselo, con una intensidad y un entusiasmo francamente heróicos, sobre todo sabiendo que ha tenido que hacerlo contra vientos y mareas, es decir contra la negligencia y el desinterés de varias generaciones.

Su gozo y aprecio por la Colombia de la cual ha sido cómplice y testigo, son una lección de afecto, de entereza y de respeto por su oficio y por la gente, cuya vida él ha querido contarnos.

Hoy, sociólogos e historiadores se vuelcan sobre las regiones, buscando las incontables vidas de una Colombia de la que apenas conocemos sus mentirosas estadísticas, y el manejo abusivo, político y cínico que hemos hecho de ellas.

Mucha ventaja nos lleva en esto el trabajo de Nereo, que no ha dejado de ver ni de querer a su país, ni de contarnos lo que en él sucede. Es así como Nereo ha dado cuenta de los desamparos y de las risas, de lo perdido y de las fiestas, de las mujeres del campo, de las aldeas, de los ríos y de las ciudades; de los oficios, la dignidad, la alegría, la pobreza, los juegos, las soledades, las picardías, los adioses, las dificultades, los fervores, las lágrimas, las diversiones...

En ninguna parte he visto tanta Colombia como en los archivos de Nereo.

Quiero la fotografía desde antes de que la generosidad de mi maestro Antonio Castañeda me enseñara algunos de sus secretos, en sus clases del Museo de Arte Moderno, y la quise aún más -mucho más- cuando conocí el trabajo de Luis B. Ramos y la amistad de ese monstruo de agudez que fue Leo Matiz.

Erwin Krauss, Otto Moll, Fernell Franco, Carlos Caicedo... Muy buenos fotógrafos ha tenido y tiene Colombia, y ni un sólo museo dedicado a ellos, ni archivos, ni exposiciones, ni galerías suficientes...

Así que hoy celebro tres cosas:

Volver a ver el trabajo de Nereo, la inauguración de la primera galería dedicada a la fotografía en Colombia y ver que Nereo López está buscando y gozando el color, después de cincuenta años de riguroso y magnífico blanco y negro.

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febrero 27, 2008 03:52:34 p.m.
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